La comunidad patagónica que diseñó su propio sistema de aislamiento para frenar el hantavirus

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“Descubre la historia de Mailén Valle, cuya familia fue devastada por el hantavirus en la Patagonia argentina, un recuerdo que sigue dolorosamente vivo 8 años…

La localidad patagónica que diseñó una estrategia de aislamiento para frenar el hantavirus

Mailén Valle tenía 25 años cuando el hantavirus golpeó a su familia en Epuyén y le arrebató a su padre, Aldo Valle, y a dos hermanas en menos de un mes. Ocho años más tarde, la detección de contagios en un crucero volvió a poner en primer plano el recuerdo de aquel brote en esta pequeña localidad andina de la Patagonia argentina, donde el virus dejó una huella profunda y todavía dolorosa.

La joven, hoy de 33 años, prefirió leer un texto preparado para evitar quebrarse al hablar. “Perder a mi papá y a mis dos hermanas en menos de un mes…”, dice, antes de detenerse. “Nadie estaba preparado para ver cómo en cuestión de días una mesa familiar quedaba vacía”. Su padre se contagió tras asistir a un cumpleaños en este pueblo de 2,400 habitantes, ubicado junto a un lago en la comarca del paralelo 42, donde el hantavirus es endémico.

Mailén recuerda que la persona infectada estaba sentada en la misma mesa que Aldo Valle y que, en ese entorno, se produjeron varios contagios posteriores. El velorio del hombre también se convirtió en un foco de transmisión y, días después, enfermaron sus hijas. “La muerte de la primera fue cuestión de horas”, relata. Sobre la segunda, añade: “La tuvimos que llevar al cementerio sin poder velarla”.

El hantavirus Andes se transmite por contacto con orina, heces o saliva de roedores infectados, y en la Patagonia argentina y chilena el principal vector es el ratón colilargo. Jorge Díaz, epidemiólogo de la Secretaría de Salud de Chubut y parte del operativo sanitario en Epuyén, explicó a la AFP que en 2018 “se sabía muy poco sobre la enfermedad”. Recordó además que la transmisión entre personas ya había sido detectada en 1996 en El Bolsón y confirmada después en Epuyén, donde entre diciembre de 2018 y marzo de 2019 se registraron 34 casos y 11 muertes.

La respuesta sanitaria incluyó el aislamiento obligatorio de alrededor de un centenar de personas, una medida que anticipó en un año las cuarentenas de la pandemia de covid-19. “Se implementó la cuarentena, que obligó a los contactos de una persona positiva a aislarse por 45 días”, señaló Díaz. Ese esquema, conocido como “aislamiento selectivo”, cambió el protocolo de actuación: desde entonces, cada caso de hantavirus Andes activa la recomendación o indicación de aislamiento.

En Epuyén, donde conviven desde hace años con “el hanta”, la prevención forma parte de la rutina: ventilar galpones, limpiar con lavandina y evitar el contacto con el colilargo. Pero el brote de hace ocho años alteró también la vida social del pueblo, porque el riesgo dejó de asociarse solo al roedor. “Nos sentíamos muy discriminados”, dice Mailén. Vecinos relatan que en otras localidades de la comarca incluso les impedían entrar a los comercios.

Isabel Díaz, de 53 años, vivió la tragedia desde otro lugar. Su padre, Víctor Díaz, fue señalado como el “paciente cero”, una etiqueta que la familia rechaza por estigmatizante. “No tiene culpa de haberse enfermado. Porque sos de Epuyén, porque sos el caso cero, o porque sos la hija de”, afirma. Poco después, en enero, también se contagió su madre, identificada como la paciente seis entre los 11 fallecidos. Hoy, entre la pandemia y los incendios forestales de los veranos de 2025 y 2026, Víctor y su hija siguen viviendo en un paisaje transformado, pero con la memoria del hantavirus todavía presente.

Fuente original: consultar publicación original.

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