El megayate de 450 millones del cofundador de Google regresa a Ibiza: lujo extremo y tecnología de punta a…

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El megayate de Sergey Brin regresa a Formentera: lujo extremo, polémica y un refugio flotante de 450 millones.

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El Dragonfly, el megayate de 142 metros propiedad del cofundador de Google, Sergey Brin, ha vuelto a ser avistado en aguas de las Baleares, esta vez cerca de Punta Pedrera, en Formentera. La embarcación, valorada en unos 450 millones de dólares, ya fue vista el verano pasado en la costa de Ibiza y Málaga. Su regreso al archipiélago balear confirma que el Mediterráneo occidental sigue siendo el destino predilecto de las superyates de lujo durante la temporada alta, un fenómeno que atrae tanto a curiosos como a críticos por su impacto ambiental y social.

Construido por el astillero alemán Lürssen, el barco funciona como un complejo turístico autosuficiente, con 2.000 metros cuadrados de interior y 1.000 de exteriores distribuidos en cinco cubiertas. Entre sus lujos destacan dos helipuertos, varias piscinas y un cine. Esta configuración no solo responde a un capricho estético, sino a una tendencia creciente entre los multimillonarios: convertir sus embarcaciones en verdaderos refugios flotantes que minimicen la necesidad de tocar tierra, garantizando privacidad total y autonomía operativa durante semanas.

El Dragonfly opera con un sistema de propulsión híbrido diésel-eléctrico, lo que reduce su consumo de combustible, aunque su demanda eléctrica equivale a la de unos 580 hogares. Esta paradoja ilustra el desafío que enfrenta la industria náutica de lujo: avanzar hacia tecnologías más limpias sin sacrificar las comodidades que sus propietarios esperan. Aunque el híbrido reduce emisiones en comparación con motores convencionales, la huella ecológica de una nave de estas dimensiones sigue siendo considerable, especialmente en zonas marinas protegidas como las que rodean a las Pitiusas.

Diseñado por Germán Frers y Nauta Design, fue encargado inicialmente por el empresario ruso Leonid Mikhelson, pero Brin lo adquirió durante su construcción, con entrega en 2024. Este cambio de propiedad no es un caso aislado: las sanciones internacionales y la volatilidad geopolítica han llevado a varios oligarcas rusos a desprenderse de sus activos más visibles, mientras que magnates tecnológicos estadounidenses han aprovechado la oportunidad para adquirir embarcaciones de alta gama a precios competitivos.

Su mantenimiento anual se estima entre 30 y 40 millones de dólares, cubriendo tripulación, seguro y amarre. Esta cifra supera el PIB de varias pequeñas naciones insulares y evidencia la escala económica que mueve el sector de los superyates. Para las economías locales de Ibiza y Formentera, la presencia de estas embarcaciones representa ingresos significativos por servicios de avituallamiento, reparaciones y personal temporal, aunque también genera tensiones por el uso de calas y fondeaderos.

La visita del Dragonfly a aguas baleares invita a reflexionar sobre la creciente brecha entre el lujo extremo y la realidad económica de la región. Mientras los residentes lidian con el coste de la vivienda y la presión turística, estas naves simbolizan una forma de turismo que apenas deja beneficios directos para la población local. Los próximos movimientos del megayate —si permanece anclado, si navega hacia otras islas o si vuelve a puertos italianos— serán seguidos de cerca por aficionados a la náutica y observadores de las dinámicas de poder que se reflejan en alta mar.

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