La catedral que canta: un viaje al corazón acústico del templo dominicano

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El Teatro Colón desafía el tiempo con Strauss: una noche donde la música se vuelve catarsis colectiva. Don Quijote cobra vida en Buenos Aires.

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El Teatro Colón de Buenos Aires volvió a demostrar este fin de semana que su condición de templo lírico mundial no depende del calendario, sino de una acústica y una arquitectura que siguen desafiando el paso del tiempo. Con un programa dedicado a Richard Strauss, la sala argentina reunió la grandeza de la Belle Époque con la promesa de un futuro que aún parece posible, en una velada donde la música se convirtió en experiencia de catarsis colectiva.

La noche tuvo como eje central el poema sinfónico Don Quijote, Op. 35, en el que Strauss transforma la orquesta en un verdadero dramatis personae. El violonchelista francés Aurélien Pascal encarnó al Caballero de la Triste Figura con un sonido de nobleza excepcional y una seguridad técnica absoluta, mientras que la viola solista dio vida a Sancho Panza. El crítico Pablo Kohan, en La Nación, destacó la labor del director Alejo Pérez, quien logró otorgar a los diez episodios de la obra una continuidad dramática y una teatralidad poco frecuentes, según consignó en su reseña.

La velada se completó con Los planetas, de Gustav Holst, donde la Orquesta Estable del Teatro Colón, históricamente ligada al repertorio operístico, afrontó uno de los grandes desafíos del sinfonismo moderno con una fuerza expresiva notable. Tras algunos desajustes iniciales, la interpretación culminó en un silencio prolongado antes de una ovación que el propio Kohan juzgó plenamente merecida. La función confirmó que la grandeza de una orquesta no depende del repertorio que frecuenta, sino de su capacidad para reinventarse sin perder su identidad.

La figura de Strauss, sin embargo, se impuso por encima de todo. Su música, capaz de transitar de las inmensas catedrales sonoras a la intimidad casi confesional de sus Lieder, sigue siendo un recordatorio de que el genio no reside en la magnitud de sus recursos, sino en su capacidad para conmover con igual profundidad desde la exuberancia o desde el susurro. Entre los molinos de viento que nunca dejan de girar y la esperanza que Sancho Panza convierte en oficio, la velada dejó una certeza: la excelencia puede dormirse, pero nunca desaparece.

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