La fila del hambre en la playa del Trampolín: “Esta bolsa es la única comida del día”
El sol castiga sin piedad la arena de la playa del Trampolín, pero nadie se mueve. Decenas de personas aguardan con carros de supermercado, bolsas de tela reutilizadas y hasta cajas de cartón.
No esperan un baño ni una tarde de ocio: esperan una bolsa de comida que, para muchos, será el único plato del día. La escena se repite cada jornada de reparto, convertida ya en un ritual de supervivencia en uno de los puntos más golpeados por la crisis.
Cuando los voluntarios descargan las cajas, la fila se tensa. Los rostros, curtidos por la necesidad, buscan entre los víveres algo más que calorías: buscan la certeza de que mañana habrá algo que llevar a la boca.
Los productos se distribuyen con orden militar: cartones de leche, latas de atún, plátanos, botellas de agua, bizcochos, algún zumo y pan. Una canasta básica de emergencia que, aunque modesta, marca la diferencia entre comer o no hacerlo.
"Esto es todo lo que tenemos. Es la única comida del día", explica una mujer de unos cincuenta años mientras sostiene con fuerza una de las bolsas, como si temiera que se la fueran a quitar.
A su lado, un hombre mayor asiente en silencio. Los voluntarios, muchos de ellos vecinos del barrio, conocen ya los nombres de los asistentes habituales.
Algunos vienen desde antes del amanecer para asegurar su lugar. La lista de alimentos revela sin adornos la magnitud del problema: no hay carne ni pescado fresco, no hay verduras ni frutas variadas.
Solo lo esencial para no desfallecer. El pan, a menudo duro del día anterior, se convierte en un bien preciado.
Cada bolsa se pesa, se revisa y se entrega con una sonrisa cansada, porque los organizadores saben que reparten mucho más que comida: reparten dignidad. Sin embargo, el repunte de precios y la destrucción de empleo han convertido estas ayudas en un salvavidas insuficiente.
Según organizaciones sociales, la demanda de víveres se ha duplicado en comparación con años anteriores, y las listas de espera crecen cada semana. Las administraciones prometen refuerzos, pero la realidad en la playa del Trampolín es tozuda: mientras tanto, son las asociaciones de vecinos y los voluntarios quienes sostienen a quienes la crisis empuja a la exclusión.
Al finalizar la entrega, las bolsas vacías se apilan en un rincón. Queda la incertidumbre de si el próximo reparto llegará a tiempo y con suficientes productos.
La fila se disuelve lentamente, cada persona camina hacia su hogar con la esperanza pegada al cuerpo como una película de salitre. Pero todos saben que, mañana, volverán a estar pendientes de un cartón de leche y una lata de atún.
Porque el hambre no descansa, y tampoco la solidaridad que, por ahora, les mantiene en pie.