Éxtasis en Madrid: la celebración más loca de la selección española, del champán desatado al DJ improvisado
A apenas 24 horas de levantar la Copa del Mundo en Doha ante Argentina, la selección española de fútbol tomó las calles de Madrid en una marea humana que paralizó la capital. El autobús descapotable, que partió desde el aeropuerto de Barajas rumbo a la Plaza de Cibeles, se convirtió en el escenario de una fiesta sin precedentes, donde la euforia y la espontaneidad marcaron cada kilómetro.
La comitiva avanzó lentamente entre un millón de aficionados, según estimaciones de la Delegación del Gobierno. En el trayecto, los laterales Ferran Torres y Marcos Llorente protagonizaron el momento más viral de la jornada: se quitaron las camisetas y las lanzaron al gentío, provocando avalanchas de seguidores por atraparlas.
"Esto es por vosotros, por toda España", gritó Ferran mientras saludaba con las manos en alto. Pero la anécdota más insólita la firmó Borja Iglesias.
El delantero, que anotó el penalti decisivo en la final, se colocó detrás de una mesa de mezclas portátil y ejerció de DJ improvisado. Con auriculares y sonrisa perpetua, pinchó hits como "Mucho por vivir" y "Baila morena", mientras los compañeros lo arengaban.
"He preparado esta playlist en el avión, sabía que hoy tocaría fiesta", confesó entre risas a los periodistas que cubrían el evento. El centrocampista Álex Baena, por su parte, desató el caos con dos botellas de champán.
Saltó del autobús en pleno paseo de la Castellana para rociar a fotógrafos y aficionados. La imagen de Baena chorreando espuma mientras cantaba "¡Sí, sí, sí, ya ganamos otra vez!" dio la vuelta al mundo en minutos.
**Cierre con contexto**
La celebración de este sábado no fue solo fiesta, sino un acto de justicia poética para una generación que cargó con la presión de devolver a España a la cima del fútbol mundial, 12 años después del último título en Sudáfrica. La victoria ante Argentina, sellada en una tanda de penaltis dramática tras un 3-3 agónico, significó el fin de la hegemonía albiceleste y devolvió la sonrisa a un país que necesitaba un respiro.
Mientras el autobús se perdía entre banderas rojigualdas, una certeza flotaba en el aire: la Roja no solo ganó un Mundial, sino que se ganó para siempre el corazón de su gente.