Edgar Morin: La huella indeleble de un maestro del pensamiento

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La comunidad lamenta el fallecimiento de Edgar a la venerable edad de 104 años. A pesar de su extraordinaria longevidad, la noticia de su deceso ha provocado…

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La comunidad lamenta el fallecimiento de Edgar a la venerable edad de 104 años. A pesar de su extraordinaria longevidad, la noticia de su deceso ha provocado una consternación tan profunda como si su partida hubiera sido prematura, un sentimiento compartido por quienes lo consideraban, en palabras de un amigo cercano, "inmortal".

Su intelecto, de una pureza y singularidad notables, se forjó bajo el influjo de un principio que solía compartir con sus allegados: la máxima de Terencio, "Nada humano me es ajeno". Este adagio de la sabiduría clásica fue la brújula que guio una mente excepcional, según él mismo afirmaba.

A lo largo del siglo XX y la primera mitad del XXI, Edgar fue testigo y partícipe de las vicisitudes de la historia. Su existencia estuvo marcada por una curiosidad inagotable, un profundo afecto por la humanidad, una tolerancia ejemplar y una perspectiva elevada ante los desafíos que definen la interacción del ser humano con su entorno.

No obstante, su espíritu también conoció la amargura ante el avance implacable de la barbarie, la exclusión, el antisemitismo y el racismo. Manifestó una preocupación constante por el sufrimiento de los pueblos mártires, entre ellos los palestinos, a quienes dedicó su testimonio inquebrantable frente al poder avasallador de los más fuertes.

Fuente original: consultar publicación original.

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