Dominicanos en el exterior: entre el desencanto y las urnas

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¿Voto exterior dominicano: derecho real o ficción costosa? Analistas cuestionan si la inversión garantiza participación efectiva. El debate que no puedes…

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La inversión en el voto dominicano en el exterior solo se justifica si garantiza participación efectiva y no una costosa ficción democrática, advierten analistas. El debate no es menor: organizar el sufragio de los dominicanos ausentes implica costos logísticos y movilización de personal para atender a una población dispersa, lo que obliga a preguntarse si el modelo actual rinde los resultados que su costo supone. La respuesta, sin embargo, no puede reducirse a una contabilidad de votos emitidos.

Los dominicanos en el exterior conservan su ciudadanía, mantienen vínculos familiares y sostienen una contribución económica decisiva mediante las remesas. Garantizarles el sufragio reconoce un principio básico: emigrar no equivale a renunciar al país. Ese reconocimiento es el punto de partida del análisis, no su conclusión. La legitimidad del voto exterior no exime a la Junta Central Electoral ni a los partidos de examinar con rigor los resultados y las condiciones en que ese derecho se ejerce.

La distancia geográfica explica parte del problema, aunque quizá pese más la distancia política. Muchos electores viven lejos de los recintos, enfrentan jornadas laborales rígidas o consideran que las decisiones públicas dominicanas afectan menos su vida cotidiana. A ello se suma una oferta partidaria que suele visitar las comunidades en campaña y olvidarlas después. Esa combinación de barreras físicas y desencanto institucional ayuda a entender por qué la abstención persiste incluso donde el derecho existe.

Suprimir o debilitar el voto exterior sería castigar al ciudadano por fallas institucionales. El análisis lo plantea con claridad: el problema no es el derecho, sino el modelo que lo administra. Confundir ambos planos llevaría a una conclusión equivocada, pues la baja participación no demuestra falta de interés ciudadano, sino dificultades concretas de acceso, información y representación.

Lo sensato, concluye el análisis, es medir costos por demarcación, acercar los centros, mejorar la información y ensayar modalidades seguras que faciliten votar. Estas medidas apuntan a un mismo objetivo: que la inversión pública se traduzca en participación real y no en un gasto sin retorno democrático. Si la abstención persiste, habrá que revisar el modelo, no el derecho.

El debate, por tanto, conviene observarlo con atención: de cómo se resuelva dependerá la relación entre el Estado y una diáspora que sostiene la economía y la vida familiar de miles de hogares dominicanos. La discusión no es solo técnica ni presupuestaria; también define qué lugar ocupan en la democracia quienes viven fuera del territorio.

Fuente original: consultar publicación original.

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