Devotos se desbordan en multitudinaria procesión de la Virgen de La Candelaria

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El primer gesto de amor que un niño guardó en secreto por 60 años. Un recuerdo imborrable en el Santo Domingo de Trujillo.

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Un domingo de 1956, la procesión de la Virgen de La Candelaria y el primer gesto de amor no maternal marcaron para siempre la memoria de un niño de ocho años en el Parque San Carlos de Santo Domingo. Aquella mañana radiante, que comenzó con uniforme de gala y zapatos negros bien brillantes, se convirtió en el escenario de un recuerdo que el autor ha guardado en silencio durante más de seis décadas.

La escena se desarrolla en un contexto histórico particular: la República Dominicana vivía bajo la dictadura de Rafael Trujillo, y las celebraciones religiosas públicas, aunque permitidas, formaban parte de un tejido social donde la escuela, la iglesia y las instituciones cívicas se entrelazaban con una rigidez característica de la época. La banda de bomberos que subía la cuesta de la calle 16 de Agosto entre trompetas y tambores no solo animaba el desfile, sino que representaba el orden y la solemnidad con que se vivían estas festividades en el Santo Domingo de entonces.

El autor, alumno del colegio Niño de Atocha, recuerda con precisión los detalles que rodeaban la procesión: las niñas con sus sombreritos tejidos color crema, la maestra Dulce Minier al frente del grupo, y las directoras Doña Victoria y Doña Lesbia supervisando que todo saliera perfecto. Para los niños de la época, estas procesiones eran mucho más que un acto religioso: constituían una de las pocas oportunidades de participación pública en un entorno donde la infancia estaba estrictamente regulada por normas de conducta y presentación personal.

En medio de la algarabía, un gesto aparentemente menor adquirió dimensiones eternas. Milagros Ulloa, una compañera de tercer curso, se acercó al entonces niño de ocho años y, con una delicadeza inusual, intentó recomponer sus cabellos usando sus dedos a manera de peine. Ese breve contacto, que el protagonista nunca compartió ni siquiera con su inseparable amigo César Augusto Santana, se convirtió en un tesoro privado, un primer gesto de afecto no maternal que quedaría grabado en su memoria con la nitidez de una fotografía.

La asociación del recuerdo con la canción "El Reloj" de Lucho Gatica no es casual. Este bolero, popularizado en los años cincuenta, habla precisamente de la imposibilidad de detener el tiempo y de la angustia que produce la separación. Para el autor, la canción se convirtió en la banda sonora de ese instante congelado, un ancla que le permite regresar a esa mañana de 1956 cuando lo importante era la pureza de un gesto y no las complicaciones que traería la vida adulta.

Hoy, con una tercera descendencia en camino y los años acumulados, el autor escribe con una mezcla de gratitud y nostalgia: "Dondequiera que estés, te agradezco y envío besos con la parte aún fresca de mis mustios labios". La frase condensa la esencia de este testimonio: la certeza de que hay momentos que el tiempo no puede borrar, rinconcitos de la memoria donde las horas no pasan y donde el corazón sigue latiendo con la pureza de aquel niño que aún vive dentro de él. La procesión de la Virgen de La Candelaria, celebrada cada 2 de febrero en el calendario católico, sigue siendo en la actualidad una de las manifestaciones religiosas más arraigadas del país, pero para este autor representa algo más íntimo: el punto exacto donde la fe, la infancia y el primer destello del amor se encontraron para no separarse jamás.

Fuente original: consultar publicación original.

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