Cine dominicano se posiciona como producto estrella de exportación
República Dominicana tiene talento para cine de exportación, pero sin política de Estado seguirá siendo solo locación extranjera.
Los productores Evelyna Rodríguez y Danilo Reynoso advirtieron que República Dominicana tiene el talento y la capacidad técnica para producir cine competitivo a nivel internacional, pero necesita convertir el sector audiovisual en una política pública de Estado para dejar de ser un simple destino de rodajes extranjeros y transformarse en exportador de contenido propio. Ambos coincidieron en que el país reúne las condiciones humanas y creativas para dar ese salto cualitativo, aunque subrayaron que sin decisiones sostenidas en el tiempo el potencial quedará desaprovechado.
El diagnóstico apunta a un modelo que, si bien ha colocado al país en el mapa de las locaciones internacionales, no garantiza un desarrollo sostenible de la industria local. Servir de escenario para producciones foráneas genera actividad puntual, empleos temporales y visibilidad, pero no construye necesariamente un tejido empresarial propio ni una propiedad intelectual que permanezca en el país. La diferencia entre alquilar locaciones y exportar películas es la diferencia entre participar en la cadena de valor ajena y crear una propia.
Para trascender esa etapa, los productores identificaron tres condiciones: políticas públicas estables que impulsen la creación, la financiación y la distribución de obras dominicanas en mercados globales; incentivos claros que den certidumbre a quienes invierten en proyectos de largo plazo; y formación técnica continua que acompañe el crecimiento del sector. A ello sumaron la necesidad de mecanismos de exportación que permitan competir en igualdad de condiciones con otros países de la región.
El planteamiento tiene una lógica económica que conviene observar. La industria audiovisual combina encadenamientos con turismo, servicios profesionales, tecnología, publicidad y comercio exterior de servicios. Cuando un país exporta contenido propio, no solo vende una película: posiciona su marca, su idioma y su cultura en pantallas internacionales, y abre puertas para coproducciones y acuerdos de distribución. Ese efecto multiplicador es difícil de replicar cuando el rol se limita a hospedar rodajes ajenos.
La comparación regional es inevitable. Varios países de América Latina y el Caribe han convertido el audiovisual en sector estratégico mediante leyes de cine, fondos de fomento y estímulos fiscales que atraen inversión y sostienen la producción local. República Dominicana ya cuenta con talento reconocido y experiencia acumulada en sets internacionales; el desafío es convertir esa base en una cadena productiva estable, con empresas capaces de vender en el exterior de forma recurrente.
Queda por verse si la advertencia de Rodríguez y Reynoso se traduce en decisiones concretas. El sector privado puede producir obras aisladas, pero la escala y la continuidad dependen, en buena medida, de reglas claras y de un marco institucional que no cambie con cada ciclo político. Ese es, en definitiva, el punto central del debate: si el cine dominicano se asume como producto de exportación o si el país se conforma con seguir siendo locación de las historias que otros cuentan.
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