Terrorismo selectivo: el patrón que expone la hipocresía global
¿Terrorismo o daño colateral? El lenguaje geopolítico no es neutral: define quién es condenado y quién recibe cobertura diplomática. Análisis en El Matutino.
El debate sobre el uso de la etiqueta de "terrorismo" revela una asimetría en el lenguaje geopolítico internacional, donde las acciones de grupos no estatales son condenadas de inmediato mientras que metodologías similares ejecutadas por fuerzas armadas estatales reciben denominaciones como "operación de inteligencia" o "daño colateral". Esa diferencia de vocabulario no es neutral: define quién merece condena pública y quién obtiene cobertura diplomática.
El análisis señala que, históricamente, la definición de terrorismo se ha basado en el impacto psicológico y operativo del acto: el uso premeditado de violencia contra no combatientes para infundir pánico y coaccionar políticamente. Bajo este estándar, el juicio debería depender de lo que se hace y a quién se le hace, independientemente de si quien ejecuta la acción viste uniforme militar o responde a un mandato constitucional. Es decir, la condición del perpetrador no debería modificar la naturaleza del hecho, aunque en la práctica diplomática sí lo hace.
Esa asimetría tiene consecuencias concretas para la opinión pública. Cuando el lenguaje oficial cambia según el origen del ataque, se erosiona la credibilidad de los organismos internacionales y se dificulta construir consensos mínimos sobre derechos humanos. Para el lector, la clave está en distinguir entre la gravedad objetiva de un acto violento y la narrativa que lo acompaña: dos hechos equivalentes pueden recibir tratamientos mediáticos y jurídicos radicalmente distintos según quién los cometa.
El texto subraya la necesidad de distinguir entre las acciones políticas o militares de un Estado y la fe religiosa. En este sentido, advierte que mezclar las decisiones geopolíticas del gobierno de Israel con el judaísmo o la comunidad judía global constituye un error conceptual que alimenta prejuicios peligrosos, ya que el debate actual es estrictamente político y ético. Confundir ambas dimensiones no solo desvía la discusión, sino que puede derivar en estigmatización de comunidades enteras por decisiones que no controlan.
Finalmente, se argumenta que esta asimetría en el lenguaje diplomático protege a los gobiernos tras una coraza formal mientras las víctimas sobre el terreno experimentan el mismo terror e indefensión, ya sea que la violencia provenga de una milicia no estatal o de un Estado soberano. El terror, concluye, no cambia de naturaleza por llevar el sello de una cancillería. Conviene observar, entonces, cómo los medios y los organismos multilaterales nombran cada episodio: ahí se juega buena parte de la rendición de cuentas.
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