La disyuntiva de Kwiek y García: ¿vale todo por ganar o pesa el legado?
¿Éxito inmediato o legado histórico? Kwiek y García enfrentan el dilema de sostener la gloria del voleibol y el baloncesto dominicano.
La disyuntiva que enfrentan hoy los estrategas Marcos Kwiek y Néstor García no es menor: el resultado inmediato como único norte versus el cuidado de un legado que ya es histórico. Ambos técnicos, al frente de las selecciones dominicanas de voleibol femenino y baloncesto masculino, han llevado al país a escenarios que antes parecían inalcanzables, pero su permanencia también ha despertado un debate sobre el costo de sostener una fórmula ganadora.
Kwiek, al mando del equipo femenino de voleibol desde 2008, ha convertido a República Dominicana en una potencia continental. Su gestión acumula múltiples podios internacionales y clasificaciones olímpicas, un logro que ningún otro entrenador había conseguido en el deporte de conjunto del país. En el baloncesto, García, quien dirigió al equipo masculino entre 2019 y 2023 y regresó en 2025, ostenta un récord de 25 victorias y 11 derrotas en partidos oficiales, superando las marcas de todos sus antecesores. Esos números no son casualidad: reflejan una planificación seria y una capacidad para leer partidos de alta exigencia.
El argentino García, en particular, ha sido el arquitecto de victorias épicas ante selecciones de primer nivel mundial como Alemania, Italia y Argentina en Copas del Mundo, además del triunfo sobre Estados Unidos el pasado 27 de febrero. Esos resultados no solo alimentan el ranking, sino que cambian la percepción internacional del baloncesto dominicano. En el caso de Kwiek, su trabajo ha sido reconocido incluso por la Federación Internacional de Voleibol (FIVB), que le ha otorgado más de 1.2 millones de dólares en premios desde 2021, una cifra que evidencia el valor que se le asigna a su labor desde los organismos internacionales.
Sin embargo, el éxito no está exento de críticas. En el voleibol, un sector ha cuestionado la continuidad de Kwiek, señalando supuestos límites en el desarrollo de nuevas generaciones o en la gestión de ciertos torneos. En el baloncesto, el regreso de García también ha generado expectativas y presiones, pues el público dominicano ya no se conforma con participar: exige protagonismo. Esa es la paradoja del legado: cuanto más se gana, más altas son las expectativas y más corta parece la memoria de los aficionados.
Lo cierto es que los números respaldan la permanencia de ambos. Han sabido construir equipos competitivos con jugadoras y jugadores que han crecido bajo su tutela, y han dejado una huella imborrable en el deporte dominicano. La discusión, entonces, no debería centrarse únicamente en si deben continuar, sino en qué condiciones y con qué acompañamiento institucional pueden seguir elevando el nivel. El riesgo de un cambio sin un plan claro podría revertir décadas de avances.
Para el aficionado dominicano, la clave está en observar cómo se maneja esta transición: si los resultados inmediatos seguirán siendo el único termómetro del éxito, o si se valorará también el proceso, la formación de relevos y la sostenibilidad de los programas. En un país donde el deporte de conjunto ha sido históricamente irregular, mantener a dos técnicos con este nivel de éxito no debería ser motivo de disputa, sino de orgullo y de planificación estratégica a largo plazo.
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