Trump sacude la ONU: amenaza con aniquilar a Irán y proclama un mundo de vencedores y vencidos
En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump no se limitó a fijar posición sobre Irán. Amenazó con la aniquilación de ese país y presentó una visión de las relaciones internacionales en la que no hay reglas compartidas, sino ganadores y perdedores. Más que una alocución diplomática, fue un rechazo frontal al concepto fundacional de la ONU: la idea de que los Estados pueden resolver sus diferencias mediante el derecho, la negociación y la seguridad colectiva.
Trump advirtió que si Irán representa una amenaza, será destruido. No ofreció matices ni apostó por la vía multilateral. Su mensaje fue directo: Estados Unidos actuará por su cuenta, con fuerza si es necesario, y no aceptará límites impuestos por instituciones internacionales. La advertencia contra Teherán no fue un episodio aislado, sino la demostración más cruda de su doctrina de suma cero. En ese esquema, la política exterior no busca equilibrios: busca imponer la voluntad del más fuerte.
El desarrollo del discurso confirmó esa lógica. Trump cuestionó el multilateralismo, despreció los consensos y reivindicó la soberanía nacional como escudo para no rendir cuentas. Frente a los 193 Estados miembros, defendió acuerdos bilaterales, presión económica y poder militar como herramientas principales. Su visión “winner-takes-all” —el ganador se queda con todo— choca con los principios de la Carta de las Naciones Unidas, firmada en 1945 para evitar otra guerra mundial. Ese documento prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad de otros Estados y consagra la igualdad soberana. El discurso de Trump, en cambio, convirtió la amenaza de aniquilación en herramienta de disuasión y en mensaje global.
La escena tiene un peso simbólico enorme. La ONU nació de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial con un objetivo: que las potencias no volvieran a dirimir sus disputas a costa de la humanidad. Ahora, su tribuna más importante fue usada para proclamar que el orden internacional es una competencia sin árbitro. Para Washington, esto puede leerse como fortaleza; para sus aliados, como una señal de imprevisibilidad. Para Irán y otras potencias, como una invitación a prepararse para la confrontación.
El cierre es inquietante. No se trata solo de un discurso agresivo. Se trata de una ruptura con la arquitectura que durante ocho décadas intentó contener los conflictos. Si la lógica del ganador se queda con todo se impone, la ONU pierde sentido y el mundo queda más cerca de la ley del más fuerte. La comunidad internacional tiene ante sí una pregunta incómoda: ¿asistimos a un giro táctico o al entierro definitivo del multilateralismo?