# Sánchez inicia el curso político sin brújula: sin agenda propia y con el Congreso como único horizonte
**El Gobierno aplaza de nuevo el decreto de vivienda mientras el presidente evita fijar fecha para los Presupuestos, evidenciando la fragilidad de una legislatura sostenida por el apoyo parlamentario**
El regreso de la actividad política tras el verano ha dejado una imagen bien distinta a la que el Gobierno pretendía proyectar. Lejos de presentarse con una agenda renovada y medidas concretas para encarar los retos del último tramo del año, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha arrancado a la defensiva, con los deberes sin hacer y con la sensación de que la iniciativa no la marca Moncloa, sino la necesidad de contentar a unos socios parlamentarios cada vez más exigentes.
La primera señal de esta dinámica se ha producido en materia de vivienda, uno de los asuntos que más preocupación social genera y que el propio presidente había colocado en el centro de su discurso. El Consejo de Ministros tenía previsto aprobar esta semana un nuevo paquete de medidas para abordar el problema del acceso a la vivienda, un tema que afecta especialmente a los jóvenes y que lleva meses generando tensiones dentro del bloque de investidura.
Sin embargo, la aprobación se ha vuelto a posponer sine die. La razón, reconocida de manera oficiosa por fuentes gubernamentales, es bien sencilla: aún no se han garantizado los apoyos parlamentarios necesarios para sacar adelante el decreto.
Esta constante búsqueda de equilibrios se ha convertido en la principal seña de identidad de un Gobierno que, en lugar de dictar la agenda política, se limita a reaccionar ante las presiones de sus socios. La formación de Sumar, así como los partidos nacionalistas e independentistas que sostienen la coalición, han ido marcando sus propias líneas rojas, y el Ejecutivo ha ido cediendo terreno en cada negociación, a costa de diluir su propio programa y de proyectar una imagen de permanente provisionalidad.
Pero el problema no se circunscribe únicamente a la vivienda. La otra gran incógnita que sobrevuela el curso político es la de los Presupuestos Generales del Estado.
El presidente Sánchez mantiene sin fecha la presentación de las cuentas públicas para el próximo ejercicio, un hecho sin precedentes en un año sin elecciones inmediatas a la vista. La ausencia de un calendario claro alimenta las especulaciones sobre la verdadera capacidad del Gobierno para sostener su mayoría y sobre el alcance real de su proyecto legislativo a medio plazo.
Sin presupuestos, la acción del Ejecutivo queda tocada de muerte, supeditada a prórrogas y a la gestión de lo ya existente, lo que limita enormemente su margen de maniobra para implementar nuevas políticas. Este arranque de curso refleja, en definitiva, la fragilidad de una legislatura que camina por la cuerda floja.
La aritmética parlamentaria que permitió la investidura ha resultado ser un lastre constante, y cada iniciativa del Gobierno se convierte en una compleja partida de ajedrez en la que cualquier movimiento requiere del visto bueno de actores con intereses muy diversos y, en ocasiones, contradictorios. Mientras tanto, la agenda social y económica espera.
Los ciudadanos observan con preocupación cómo los problemas cotidianos, desde el acceso a una vivienda digna hasta la planificación económica del país, quedan atrapados en una maraña de negociaciones y vetos cruzados. La imagen de un Gobierno reactivo, que improvisa sobre la marcha y que parece gobernar de crisis en crisis, amenaza con desgastar al Ejecutivo y con alimentar un creciente escepticismo ciudadano hacia la clase política en su conjunto.
El curso promete ser largo, y a la defensiva, las semanas se antojan aún más cuesta arriba.