Rusia presenta un colosal submarino nuclear diseñado para desplegar una de las armas más temidas de su arsenal

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“Descubre el miedo en el fondo: el submarino Khabarovsk-class, ¿la clave para desequilibrar el poder naval global?”

Rusia presenta un colosal submarino nuclear diseñado para desplegar una de las armas más temidas de su arsenal

La historia del Khabarovsk-class se entiende mejor si se mira en el contexto de la guerra submarina y de la obsesión de las potencias por ocultar armas capaces de cambiar el equilibrio global. Desde la pérdida de un submarino nuclear estadounidense en el Atlántico en 1961, la idea de que el océano puede esconder durante años tecnología militar, accidentes o amenazas estratégicas ha marcado a generaciones de planificadores. Rusia ha recuperado ahora parte de esa lógica con un proyecto que vuelve a situar el miedo en el centro de la disuasión naval.

Ese submarino no ha sido diseñado para cumplir funciones convencionales de patrulla o escolta. Su razón de ser es servir de plataforma de lanzamiento para Poseidon, el gigantesco torpedo autónomo ruso con propulsión y capacidad nucleares estratégicas. Todo en su arquitectura apunta a esa misión: el resto de sus capacidades queda en un segundo plano frente al objetivo principal de transportar y desplegar un arma concebida para operar a gran distancia bajo el agua.

Las imágenes satelitales y los análisis de fuentes abiertas apuntan a que el Khabarovsk combina rasgos de los submarinos rusos Borei y Belgorod, aunque con modificaciones profundas para priorizar casi por completo a Poseidon. Con unos 135 metros de eslora, el buque parece preparado para alojar hasta seis torpedos Poseidon en grandes compartimentos situados en la proa, dejando muy poco espacio para armamento convencional. Esa elección revela una renuncia clara a la versatilidad en favor de una función estratégica muy concreta.

Presentado por Rusia en 2018 como un sistema “invencible” y supuestamente imposible de interceptar, Poseidon fue descrito como un arma capaz de recorrer distancias intercontinentales y amenazar ciudades costeras, infraestructuras críticas o grupos de portaaviones. Más allá del componente propagandístico, su sola existencia obliga a la OTAN a considerar un escenario complejo: cómo vigilar y neutralizar una amenaza nuclear submarina autónoma que puede permanecer operativa durante largos periodos y cubrir enormes trayectos.

La utilidad real del sistema sigue siendo objeto de debate. Algunos análisis cuestionan las afirmaciones más ambiciosas del Kremlin, sobre todo las relacionadas con efectos apocalípticos o con su supuesta imposibilidad absoluta de ser detenido. Aun así, el programa ya produce un efecto tangible: obliga a Occidente a destinar recursos, inteligencia y planificación a un vector de amenaza que complica la defensa marítima y amplía el campo de incertidumbre estratégica.

En ese sentido, el Khabarovsk encaja en una tendencia más amplia de la estrategia rusa: compensar limitaciones en otros ámbitos con sistemas extremos, difíciles de clasificar y pensados tanto para alterar el cálculo del adversario como para proyectar poder psicológico. No es solo un submarino; es la expresión de una doctrina que busca que el océano vuelva a ser un espacio donde la disuasión se imponga por la amenaza de lo invisible.

Fuente original: consultar publicación original.

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