Monorriel de Santiago: la cara oculta de una inversión multimillonaria
Un reciente artículo de opinión destacó las bondades del Monorriel de Santiago: modernidad, transformación urbana, reducción de tiempos de viaje y mejora de la…
Un reciente artículo de opinión destacó las bondades del Monorriel de Santiago: modernidad, transformación urbana, reducción de tiempos de viaje y mejora de la imagen de la ciudad.
Esa es la cara visible del proyecto, la que promueven sus defensores. Pero toda gran inversión pública tiene otra cara: cómo se decidió, qué alternativas se evaluaron, cuánto costaba al inicio, cuánto cuesta hoy, cuándo debía terminar y quién asume los riesgos cuando el proyecto se retrasa o se encarece.
No se trata de negar que Santiago necesita transporte público moderno. Se trata de preguntarse si esta fue la mejor solución para el interés público general o si la ciudad terminó adaptándose a una tecnología, a unos contratos y a unos intereses empresariales previamente condicionados.
La narrativa visible: modernidad y promesa urbana. El Monorriel de Santiago ha sido presentado como una obra emblemática para la ciudad: moderna, visible y capaz de transformar la movilidad urbana.
Sus promotores destacan la reducción de tiempos de viaje, la integración con el teleférico y el impacto positivo sobre la imagen de Santiago.
Y es cierto que una infraestructura ferroviaria elevada transmite sensación de modernidad y progreso.
Esa es la cara visible del proyecto y la que normalmente domina el debate público. Pero las grandes inversiones públicas no deben evaluarse solo por su impacto visual o simbólico.
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