Graduación PUCMM invita a equilibrar tecnología y empatía en la era digital

Director de tesis viaja desde Chicago para sorprender a su doctoranda en graduación PUCMM. Un gesto que redefine la empatía académica.

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La 79.ª graduación ordinaria de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) dejó una lección que trasciende lo académico: una doctoranda vivió la presencia inesperada de su director de tesis, el doctor Rafael Núñez Cedeño, profesor emérito de la Universidad de Illinois en Chicago, quien viajó desde esa ciudad para acompañarla al recibir su título de Doctora en Estudios del Español: Lingüística y Literatura. El gesto del maestro, que asumió la investigación con un compromiso que superó las obligaciones académicas, dejó una huella profunda en la graduada y se convirtió en el eje de una reflexión sobre tecnología y empatía.

Durante cinco años de estudios y cuatro dedicados a la investigación doctoral, la relación entre director y doctoranda evolucionó hasta convertirse en un vínculo de confianza, paciencia y generosidad, en el que también estuvo presente la esposa del profesor, Yulissa. Ese acompañamiento sostenido en el tiempo es, en sí mismo, una forma de pedagogía: muestra que la formación doctoral no se limita a la producción de conocimiento, sino que implica una relación humana que sostiene el rigor y evita el aislamiento del investigador.

El significado de aquella presencia se amplificó cuando el rector de la PUCMM, reverendo padre Secilio Espinal, reflexionó en su discurso sobre la custodia de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial. Su llamado a "actuar con humanidad" resonó en la graduada, quien comprendió que ese principio no solo aplica frente a la tecnología, sino también en la vida cotidiana, frente a las prisas y la indiferencia. La advertencia del rector cobra especial relevancia en un contexto donde la automatización y los algoritmos ganan terreno en la educación, el trabajo y la comunicación.

La experiencia deja una lección que, según la nueva doctora, no figura en ningún programa académico: el conocimiento alcanza su mayor dimensión cuando está acompañado de humanidad. Es un recordatorio oportuno para las instituciones de educación superior, que enfrentan el reto de integrar herramientas digitales sin perder de vista la formación integral de las personas. La tecnología puede ampliar el acceso y la eficiencia, pero no sustituye el vínculo humano que da sentido al aprendizaje.

Con la curiosidad, el rigor y la búsqueda permanente como semilla, la investigadora cerró un capítulo académico con la certeza de que ningún título ni avance científico tiene sentido si se olvida lo que nos hace verdaderamente humanos. Para los lectores, la historia invita a observar cómo las universidades equilibran la innovación tecnológica con la empatía, y a valorar esos gestos cotidianos que, sin aparecer en ningún currículo, terminan definiendo la calidad de una formación y de una comunidad académica.

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