Entre pompa y silencio: Xi abandona Washington y las grietas entre EE. UU. y China siguen ardiendo

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La visita de Estado de Xi Jinping a Washington terminó con honores militares, banquetes y gestos de cordialidad con el presidente Donald Trump. Sin embargo, la coreografía no logró ocultar lo evidente: las diferencias entre las dos mayores economías del mundo siguen sin resolverse. La agenda oficial priorizó la imagen sobre la sustancia y dedicó sorprendentemente poco tiempo a los asuntos que más separan a ambas potencias.

Durante los días de la visita, las delegaciones firmaron acuerdos menores en agricultura y energía, pero evitaron pronunciarse sobre los grandes contenciosos. El intercambio comercial bilateral ronda los 700.000 millones de dólares anuales y el déficit estadounidense con China se acerca a los 300.000 millones, una cifra que Trump ha convertido en bandera política. Aun así, no hubo anuncios concretos sobre aranceles, subsidios estatales o protección de la propiedad intelectual. Tampoco se abordó con profundidad el papel de empresas chinas como Huawei, en el centro de la disputa tecnológica.

En materia de seguridad, Corea del Norte y el mar de China Meridional ocuparon apenas minutos en las conversaciones. Washington insiste en la desnuclearización completa de Pyongyang; Pekín pide congelar ejercicios militares y volver a la mesa de negociación. Sobre Taiwán, Hong Kong y Xinjiang, los comunicados finales fueron deliberadamente vagos. Organizaciones de derechos humanos criticaron que la visita se convirtiera en un escaparate sin consecuencias para quienes sufren represión en China.

Los analistas coinciden en que el encuentro sirvió para bajar la temperatura, pero no para resolver los nudos estructurales. La competencia por la hegemonía tecnológica, la influencia en Asia-Pacífico y el control de cadenas de suministro sigue en curso. Mientras Trump exhibe cercanía personal con Xi, su gobierno mantiene aranceles a cientos de productos chinos y restricciones a la inversión. Pekín, por su parte, responde con represalias selectivas y un discurso de autonomía estratégica.

Xi deja Washington con imágenes de amistad y promesas de seguir dialogando. Pero sin mecanismos verificables para reducir fricciones, la tregua es frágil. La próxima cita bilateral será una prueba de fuego: si la pompa vuelve a tapar los desacuerdos, la rivalidad entre las dos superpotencias podría volverse más confrontacional. La alfombra roja ya se recogió; las divisiones, en cambio, siguen intactas.