El malecón de Santo Domingo y la crónica de su abrazo a la ciudad

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Hay lugares que no se caminan con los pies, sino con el alma. El Malecón capitaleño es uno de esos genuinos ejemplos.Imponente y espacioso, se abre como un…

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Hay lugares que no se caminan con los pies, sino con el alma. El Malecón capitaleño es uno de esos genuinos ejemplos.

Imponente y espacioso, se abre como un paseo encantador donde Santo Domingo respira y olvida la prisa.

Eres una invitación que llama sin palabras. Una voz de sal que dice: ven, y deja que el abrazo efusivo con las olas del Caribe te recuerde que estás vivo.

Mar fascinante, el tuyo no golpea: acaricia, insiste, seduce. Rompe contra los arrecifes y se transforma en rocío, en esa humedad de tu incesante oleaje refrescante que moja el rostro y enciende la memoria.

Tu arboleda envidiable dibuja túneles de sombra sobre el asfalto. Bajo cada cocotero hay una historia, una risa, una despedida que no se fue del todo.

Y es que eres espacio para el romance de corazones apasionados. Allí se juran eternidades en voz baja, se perdonan silencios y el amor aprende a caminar al ritmo de la marea.

Eres belleza inconmensurable de una media isla seductora. Maravilla de un terruño de hombres y mujeres privilegiados por una naturaleza pródiga con mar abierto, cielo sin prisa, gente que sabe quedarse.

Fuente original: consultar publicación original.

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