Canela Lázaro: la voz que protege los pulmones verdes de República Dominicana

Miguel Canela Lázaro, el santiaguero que dedicó su vida a defender los bosques dominicanos cuando casi nadie lo hacía. Conoce su historia.

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Santiago de los Caballeros, 1894. Allí nació Miguel Francisco Canela Lázaro, un dominicano que comprendió tempranamente que defender los bosques era defender la vida misma. Agrimensor, médico, investigador, montañista y conservacionista, su nombre debería ocupar un lugar privilegiado cuando se escriba con justicia la historia de la conservación de los recursos naturales en el país.

Canela Lázaro no destacó por los cargos que desempeñó ni por titulares conquistados, sino porque durante décadas estuvo donde muchos prefirieron mirar hacia otro lado: frente a la tala, frente al fuego y frente a la indiferencia. Comprendió que el bosque no es solo un paisaje, sino una fábrica de agua, protector de los suelos, refugio de la biodiversidad y garantía de supervivencia para las comunidades. Su preocupación por la Cordillera Central, donde nacen algunos de los principales ríos del país, lo llevó a advertir que cada extensión de bosque destruida y cada especie que desaparecía representaban una amenaza para la vida.

En 1924, junto con Juan Bautista Pérez Rancier, advirtió sobre el grave peligro que amenazaba las cabeceras del Yaque del Norte y planteó protegerlas mediante la adquisición y delimitación de terrenos. Dos años después, continuaron las labores de exploración y conservación que condujeron a la delimitación del llamado Vedado del Yaque, antecedente de lo que posteriormente sería el Parque Nacional Armando Bermúdez. Su valentía quedó documentada al no dejarse intimidar por quienes utilizaban el poder para depredar bosques y ríos.

La investigadora Jiménez, integrante de la familia Canela y con estudios de posgrado en ciencias sociales en Texas A&M University, Harvard y el MIT, ha publicado el libro Canela Lázaro, genio desconocido, una obra de investigación y reconocimiento. En su prólogo se destaca la capacidad de perseverar con gentileza y desprendimiento personal en un propósito que convirtió en misión de vida: amar la naturaleza como a sí mismo. Cien años después, mientras el país sigue enfrentando incendios forestales, tala ilegal y presiones sobre sus áreas protegidas, la vigencia de su mensaje resulta ineludible: proteger el bosque es proteger el agua, y proteger el agua es proteger la vida.

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