Se van con las manos vacías: EE. UU. retira sus tropas de Irak 23 años después de una invasión fundada en mentiras
Estados Unidos completó la retirada de sus fuerzas de Irak. El movimiento cierra formalmente una presencia militar que comenzó en marzo de 2003, cuando la administración de George W.
Bush invadió el país con la promesa de desmantelar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Veintitrés años después, Washington deja un país transformado, pero no pacificado, y una pregunta incómoda: ¿entendió alguna vez el terreno que ocupó?
La invasión derrocó a Saddam Hussein en semanas. La posguerra fue otra historia.
La disolución del Ejército iraquí y la desbaazificación expulsaron a cientos de miles de suníes del aparato estatal, sembrando el descontento que alimentaría la insurgencia. En 2004, el escándalo de Abu Ghraib dañó la credibilidad estadounidense.
En 2006, el atentado contra la mezquita de Samarra desató una guerra sectaria que dejó decenas de miles de muertos. El aumento de tropas de 2007, con unos 30.000 soldados adicionales, redujo la violencia, pero no resolvió las fracturas políticas.
En 2011, Barack Obama retiró las tropas. Tres años después, el Estado Islámico tomó Mosul y amplias zonas del norte y el oeste.
Estados Unidos volvió a intervenir, primero con asesores y luego con bombardeos. La campaña contra el califato terminó en 2019, pero las milicias proiraníes ganaron poder.
En 2020, el asesinato del general iraní Qasem Soleimani en Bagdad tensó aún más la relación. El Parlamento iraquí votó por expulsar a las fuerzas extranjeras, aunque la salida se negoció durante años.
Los números pesan: más de 4.500 militares estadounidenses muertos, cientos de miles de civiles iraquíes fallecidos, millones de desplazados y un costo que supera los dos billones de dólares. Irak sigue dependiendo del petróleo, con corrupción endémica y milicias que desafían al Estado.
La retirada no significa estabilidad; deja un vacío que Teherán y otros actores regionales buscarán llenar. Washington dice que mantendrá cooperación antiterrorista y presencia diplomática.
Pero sobre el terreno, la lección de 23 años es amarga: se puede invadir un país, ocuparlo y reconstruirlo sobre el papel, pero no se puede gobernar lo que no se comprende. Irak queda, una vez más, a cargo de los iraquíes.
Y con la sensación de que la guerra que empezó con una mentira termina con una retirada que nadie puede llamar victoria.