El alquiler estable se desmorona: un 20% menos de oferta y el doble de pisos de temporada

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La oferta de vivienda en alquiler residencial se ha reducido una quinta parte en solo tres años, justo el periodo que ha seguido a la aprobación de la ley de vivienda. Al mismo tiempo, los arrendamientos de temporada se han multiplicado por dos desde 2023. El mercado, lejos de equilibrarse, se ha partido en dos: menos contratos estables y más fórmulas efímeras.

Los datos del sector dibujan una tendencia incómoda. Donde antes aparecían pisos para vivir de forma permanente, ahora abundan anuncios de alquiler por meses, habitaciones o viviendas de uso turístico. La caída del 20% en la oferta de alquiler convencional no es un fenómeno aislado: se concentra en las ciudades y áreas metropolitanas donde la presión de la demanda es mayor. En esos mercados, encontrar un contrato de larga duración se ha convertido en una excepción.

El auge de la temporada tiene una explicación económica y normativa. Muchos propietarios han optado por fórmulas más flexibles para esquivar los límites de precios, las prórrogas obligatorias y la incertidumbre jurídica que asocian a la ley. El alquiler de temporada, pensado para estancias cortas, se ha convertido en una vía para mantener rentabilidades altas sin someterse a las reglas del alquiler residencial. El efecto es doble: reduce la oferta disponible para familias y trabajadores, y presiona al alza los precios de lo poco que queda.

La consecuencia más visible es la cronificación de la tensión habitacional. Los jóvenes que buscan independizarse, las familias que necesitan mudarse por trabajo o los inquilinos con contratos antiguos afrontan un panorama cada vez más estrecho. La oferta estable se retrae, mientras la rotación y la precariedad ganan terreno. No se trata solo de cuántos pisos hay, sino de para qué se usan y bajo qué condiciones.

Tres años después, el balance invita a revisar los incentivos del mercado. Sin medidas que protejan al alquiler habitual, sin seguridad jurídica para los propietarios y sin un control efectivo del uso turístico y temporal, la vivienda seguirá escapando del régimen residencial. El debate ya no es si la ley transformó el mercado, sino cómo corregir unas distorsiones que golpean sobre todo a quienes no pueden competir por un techo estable. La pelota está en el tejado de las administraciones: o recuperan el alquiler de larga duración, o seguirán alimentando un mercado de paso, caro y cada vez más pequeño.