Moncloa juega su última carta por la vivienda: encaje de bolillos para no perder la legislatura

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Las movilizaciones del fin de semana han terminado de sacudir el panorama político. El Gobierno ha pasado de la contención a la urgencia y busca ahora un decreto de vivienda capaz de contentar a la izquierda y a la derecha al mismo tiempo. La operación, reconocen fuentes del Ejecutivo, es un encaje de bolillos que se juega en cuestión de días. Moncloa quiere evitar que la que ha bautizado como “legislatura de la vivienda” se apague antes de dar sus frutos.

El problema no es menor. La aritmética parlamentaria obliga a sumar votos muy dispares. A la izquierda hay que ofrecerle medidas sociales que frenen la escalada de precios y protejan a los inquilinos. A la derecha, garantías jurídicas para los propietarios, seguridad para la inversión y menos intervencionismo. En ese equilibrio imposible se mueve el decreto. El Ejecutivo sabe que un texto demasiado escorado a un lado hará saltar por los aires cualquier mayoría. Por eso se ultiman medidas que combinen límites a los alquileres abusivos con incentivos fiscales, movilización de suelo público y agilización administrativa. El objetivo es que ninguna formación pueda decir que el decreto va contra sus principios, aunque todas tendrán que ceder.

El otro frente es Junts. La relación llevaba meses rota, sin apenas contactos y con reproches cruzados. Ahora, in extremis, Moncloa ha retomado un canal que se daba por perdido. No hay acuerdo cerrado, pero sí conversaciones discretas para explorar qué exige la formación independentista a cambio de su voto. Cada escaño cuenta y el Gobierno no puede permitirse otro fracaso parlamentario. Las movilizaciones del fin de semana han añadido presión social y han convertido la vivienda en el asunto que puede decidir el tono del final de legislatura.

El cierre del calendario aprieta. Si el decreto no sale adelante, el Ejecutivo perdería su iniciativa más simbólica y la “legislatura de la vivienda” quedaría reducida a un eslogan. Si sale, habrá que ver a qué precio y con qué socios. Moncloa intenta lo más difícil: contentar a todos sin que ninguno se sienta engañado. El encaje de bolillos está en marcha. La pregunta ya no es si habrá decreto, sino si llegará a tiempo y con votos suficientes.