Trump abraza a Xi mientras minimiza los golpes chinos contra intereses de EE.UU.
En plena visita de Xi Jinping a Washington, el presidente Donald Trump volvió a tratar al líder chino más como un amigo personal que como el jefe de un rival estratégico. Mientras la agenda oficial abordaba comercio, seguridad y Corea del Norte, Trump restó importancia a las acciones chinas que golpean intereses estadounidenses: desde el robo de propiedad intelectual hasta la militarización del Mar del Sur de China. Su mensaje fue claro: los problemas son culpa de administraciones anteriores y la relación con Xi es “fenomenal”.
Los datos, sin embargo, dibujan un cuadro más áspero. China es el mayor socio comercial de Estados Unidos en bienes y el déficit bilateral supera los 300.000 millones de dólares anuales. Además, firmas estadounidenses han documentado durante años ciberataques, transferencias forzadas de tecnología y subsidios masivos a industrias estratégicas bajo planes como “Made in China 2025”. En el plano militar, Pekín ha ampliado su presencia en el Mar del Sur de China y ha desafiado la navegación de buques estadounidenses. Aun así, Trump ha evitado calificar a China como adversario y ha frenado, al menos públicamente, represalias inmediatas.
La visita también sirvió para que Xi proyectara una imagen de estabilidad y cooperación. El líder chino defendió la asociación económica y pidió gestionar las diferencias con diálogo, mientras su país consolida una influencia creciente en Asia-Pacífico. Para Trump, la química personal parece ser la herramienta central: cree que su relación con Xi puede destrabar disputas que han resistido a décadas de negociaciones. Sin embargo, legisladores demócratas y republicanos advierten que esa estrategia normaliza concesiones y debilita la presión sobre prácticas comerciales desleales.
El contexto es decisivo. Washington y Pekín compiten por liderazgo tecnológico, influencia militar y reglas comerciales. La visita de Xi no elimina esa rivalidad; apenas la maquilla con gestos diplomáticos. Si Trump insiste en dar un pase a China para preservar su vínculo con Xi, el costo podría ser una erosión silenciosa de la posición estadounidense en el tablero global. La historia reciente sugiere que la simpatía personal rara vez sustituye a una estrategia de poder.