La broma viral de un estudiante que imitó a Bill Gates y terminó regalando 1.000 dólares sin control

Broma viral de 1997: el correo falso de Bill Gates que prometía 1.000 dólares sigue circulando casi 30 años después.

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Una broma estudiantil de 1997 que suplantaba a Bill Gates prometiendo 1.000 dólares por reenviar un correo se convirtió en uno de los primeros virales masivos de Internet y sigue circulando, transformada, casi tres décadas después.

El 18 de noviembre de 1997, Bryan Mack, entonces en un laboratorio informático de Iowa State University, redactó en apenas tres minutos un mensaje fraudulento en el que se hacía pasar por Bill Gates. En el texto aseguraba que un supuesto programa rastreaba cada reenvío y que, al alcanzar los 1.000 destinatarios, todos recibirían 1.000 dólares del propio Gates. Lo envió a un amigo de Loras College con el asunto "bill gates here". Días después, desconocidos comenzaron a escribirle reclamando el dinero. Al regresar de Acción de Gracias, encontró su cuenta bloqueada y cerca de un gigabyte de correo acumulado.

Dos semanas más tarde, Mack recibió una versión de su propia broma que ya no llevaba su nombre: el remitente figuraba como gatesbeta@microsoft.com y la recompensa incluía una copia gratuita de Windows 98. Le siguieron variantes falsamente firmadas por "Walt Disney Jr." y, con los años, decenas de versiones que incorporaron marcas como IBM, Nokia, Honda, British Airways, Coca-Cola o Gap. En 1999, una cadena atribuía a Honda un crédito de 200 dólares por amigo, pese al desmentido oficial de la compañía. Ni siquiera el propio Gates logró frenarlo: en marzo de 1998 calificó el correo de "hooey", pero el mensaje siguió reenviándose.

Consultados años después, varios receptores explicaron que confiaban en quien se lo había enviado, que no tenían nada que perder o que les parecía plausible que Microsoft pudiera rastrear correos. Esa falta de familiaridad técnica, señala Microsoft al recordar los grandes bulos de la época, fue el caldo de cultivo perfecto. La historia de Mack demuestra que, mucho antes de las redes sociales y los algoritmos, Internet ya había encontrado su fórmula para fabricar virales: bastaba con que cada receptor decidiera enviárselo a alguien más.

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